lunes, 14 de febrero de 2011

Años 20




La década de los 20, estuvo plagada de contradicciones.
A pesar de las crisis económicas europeas causadas por la guerra, esta década fue una época de grandes hitos culturales,  de importantes obras literarias firmadas por autores como D.H. Lawrence, Marcel Proust, Virginia Wolf, y James Joyce, y de una gran expansión del arte moderno.
En EEUU, se aprueba el derecho al voto para las mujeres, la ley seca se cierra con el colapso de la bolsa de Wall Street en el 29 y entre tanto acontecimiento pululan las flappers.
Fue una época marcada por el jazz y por la juventud que acudía en masa al cine para ver a Joan Crawford bailar el charlestón en Vírgenes Modernas
Se empiezan a poblar las universidades y eso conlleva un interés por las tendencias que allí surgían.
Las melenas cortas de las mujeres inspiran nuevas formas de sombrero, como el de campana y los vestidos se acortan sorprendentemente, llegando para las más atrevidas hasta la rodilla.
Normalmente se solían llevar sencillos zapatos bicolor de día y preciosos zapatos de  baile con tiras para la noche.
Los límites entre el atuendo masculino formal e informal empezaron a desdibujarse,  prendas como pantalones o  bléiseres de franela se convirtieron en vestimenta de día aceptable. 
El príncipe de Gales marcó tendencia, muchos jóvenes imitaban su estilo, jersey bajo una chaqueta, pantalones con cinturón y cuello americano. De hecho los cuellos serán objeto de debate entre el sector masculino, ya que los rígidos se sustituyen por los flexibles primeramente en los círculos artísticos y el traje de calle de tres piezas, fue relegando a un segundo plano al chaqué y a la levita.

Las mujeres se caracterizan por la sencillez y el énfasis en un estilo andrógino juvenil, a  menudo logrado ocultando el volumen del pecho, aunque fomentan su feminidad con el uso del maquillaje. Los vestidos de noche, de cintura baja y estrechos, se realzaban con elementos decorativos aplicados en la superficie de la tela, como cuentas y bordados que reflejaban la influencia de la decoración egipcia ( la tumba de Tutankamon se descubrió en 1922) y motivos naif del arte popular, mientras que los flecos realzaban el movimiento de los bailes.

En esta década destaca como revelación Chanel, que introduce tejidos nuevos, cómodos y prácticos, al miso tiempo que se producen las innovaciones en el sector textil.
Como es el caso de la síntesis de la seda artificial, denominada rayón a partir del 24, lo que facilitó la fabricación de lencería y calcetería.
También hubo avances en la fabricación de telas de punto y elásticas lo que favoreció a la industria de los trajes de baño y en 1923 se patentó a cremallera.

Todos estos cambios fomentaron en los diseñadores la libertad de experimentar. Aplicaron nuevas técnicas de envoltura y de costura, construyendo en ocasiones formas geométricas, integrando cuentas, plumas, borlas y joyas, en las prendas de vestir.
Los accesorios solían lucirse en combinación con el atuendo. Los bonetes y gorritos se usan como complemento último del vestido y los fulares y chales se confeccionan en tejidos semitransparentes y toda clase de pieles. 
Los diseñadores más representativos son: Worth, Drecoll, Beer, Rouff, Doeuillet, Doucet, Poiret, Groult, Lelong, Patou, Chernit, Vellet, Premet, Talbot, Agnes,  etc, etc, etc...

Este estilo, el art decó, debe su nombre a la “Exposition Internationale des Arts Decoratifs et Industriels Modernes”, celebrada  en París en 1925.

El Art Decó, fue un movimiento artístico dinámico, que englobó diseño, arquitectura, diseño gráfico, industrial, interiorismo, pintura y por supuesto moda.  

El arte sigue siendo una fuente de influencia para la moda y en este caso, el cubismo, futurismo, el movimiento moderno, la Bauhaus, el constructivismo y el art nouveau, se ven reflejados en la moda, y a esto también se le une la posibilidad de viajar cada vez mayor, y los descubrimientos arqueológicos  africanos, asiáticos y del México azteca suscitan cada vez más interés, combinándose perfectamente lo antiguo con lo moderno.

Un ejemplo tangible de esta combinación, llevada a la perfección extrema es el La Fundación Rodríguez-Acosta de Granada. Sin duda el sitio más bonito y con más encanto que he visto en mi vida.  Y si se va, lo suyo es concertar la visita guiada, porque a parte de ser atendidos con un trato muy muy  amable, merece la pena enterarse de todos los detalles que el carmen encierra.
Y es que por mucho que yo diga, es imposible describir con palabras la belleza de ese lugar. Es hipnótico.


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